viernes, junio 29


DESECHANDO LO DESECHABLE



Seguro que el destino se ha confabulado para complicarme la vida.
No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos.
O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al “use y tire” ni al “compre y compre” ni al “desechable”.
Ya sé, tendría que ir a terapia o pedirle a algún siquiatra que me medicara.
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los gurises.
Los colgábamos en la cuerda junto a los chiripás; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos… nuestros nenes… apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales).
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!
Sí, ya sé… a nuestra generación siempre le costó tirar.
¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables!
Y así anduvimos por las calles uruguayas guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor.
Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.
Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto.
Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plast de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida.
¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.
¡Nos están jodiendo!
¡¡Yo los descubrí… lo hacen adrede!!
Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo.
Nada se repara.
¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommier casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se deshecha y mientras tanto producimos más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de 50 años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon.
La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.
De por ahí vengo yo.
Y no es que haya sido mejor.
Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo” pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo)
Me educaron para guardar todo.
¡Toooodo!
Lo que servía y lo que no.
Porque algún día las cosas podían volver a servir.
Le dábamos crédito a todo.
Sí… ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no.
Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas de jardinera… y no sé cómo no guardamos la primera caquita.
¡¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?!
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones.
El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.
Y guardábamos.
¡¡Cómo guardábamos!!
¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!
¡¿Cómo para qué?!
Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares.
Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.
¡Tooodo guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus.
Y las cosas que nunca usaríamos.
Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.
Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar.
Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos inventábamos la recarga de los encendedores descartables.
Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.
¡Y las pilas!
Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa.
Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más.
No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables… eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque del Banco de Seguros para hacer cuadros, y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.
Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posamates, y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal.
Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos.
Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada… ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron “Tómese el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero… ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos.
Las primeras botellas de plástico -las de suero y las de Agua Jane- se transformaron en adornos de dudosa belleza.
Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos.
No lo voy a hacer.
Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.
Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.
No lo voy a hacer.
No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.
No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.
De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo que la bruja me gane de mano … y sea yo el entregado.
Y yo…no me entrego.

 ( Fuente: Marciano Durán; Artista Plastica: Marcela de Navascués )


jueves, junio 28

ESTE HOMBRE NO TIENE CORAZON



Ese hombre no tiene corazón. La frase no se refiere a alguien malvado o despiadado, sino al checo Jakub Halik, el primer hombre del mundo que sobrevive desde hace casi cuatro meses -literalmente- sin corazón.

En marzo, este hombre fue sometido a una cirugía de altísima complejidad para extirparle el corazón y reemplazarlo por dos bombas sin válvulas cardíacas. Es decir, no tiene pulsaciones ni se trata de un corazón artificial.

Halik, un bombero de 37 años, tenía un tumor maligno en el corazón y la única alternativa que tenía -en lugar de un trasplante inmediato- era el implante de las bombas, una que manda la sangre por la aorta y la otra, a los pulmones.

"Está contraindicado hacer un trasplante cuando hay en el corazón un tumor maligno", porque los medicamentos para evitar el rechazo de un órgano donado apoyan el proceso tumoral de las células, explicó Jan Pirk, el cardiólogo que realizó la cirugía.
Halik fue operado el 3 de marzo, en una intervención que duró unas ocho horas y permaneció 17 días en coma artificial.

"El paciente sigue hospitalizado ya que tuvo que permanecer cierto tiempo en coma artificial. Poco a poco se está rehabilitando para recuperar su musculatura. No se puede bañar, sólo duchar y tiene que tomar anticoagulantes al igual que pacientes tras una sustitución de la válvula mitral. Por el momento, todo se está desarrollando sin complicaciones", señaló el médico.

Antes que él, esta novedosa técnica sólo se había practicado a un hombre de Texas (Estados Unidos), que sin embargo falleció poco después.
El equipo médico considerará exitosa la operación "si el tumor no se extiende y si el paciente sobrevive hasta que le hagamos un trasplante de corazón", explicó Pirk.
"Por eso debemos esperar todavía entre seis y nueve meses", precisó el cardiólogo del Instituto de Medicina Clínica y Experimental de Praga (IKEM).
"El paciente no tiene pulso sensible. Se creía que sin esto no se puede vivir, y se ha mostrado que sí se puede vivir sin pulso", afirmó orgulloso Pirk.

Lo más difícil del procedimiento fue fijar la presión de bombeo de cada uno de los dispositivos, pues la sangre que va a los pulmones debe tener menor presión para que éstos no se irriten.
El único inconveniente para Halik es cargar con las pilas bajo los brazos, "al igual que James Bond lleva los revólveres", bromeó el cirujano, que se ha convertido en una estrella en su país.

La incomodidad de cargar con las baterías es mínima: no se ven, no pesan mucho y duran entre 8 y 12 horas, mientras que el equipo regulador se lleva como una riñonera.
En el caso de Halik, las frecuencias de bombeo están fijadas para una actividad normal, no para correr, hacer deporte ni subir por una escalera. "No es capaz de reaccionar al esfuerzo", dijo Pirk.

Los primeros intentos de bomba artificial colocada fuera del cuerpo para apoyar al corazón durante cortos períodos de tiempo datan de la Segunda Guerra Mundial y se utilizan desde 1953.

El primer implante de bomba se hizo en 1968, si bien "no se ha llegado (a uno) tan desarrollado como éste hasta estos últimos diez años", recordó Pirk, candidato al galardón Cabeza checa, el más prestigioso en la esfera de la ciencia y la tecnología en el país centroeuropeo.

La calidad de vida tras la operación tiene una limitación: "No pueden nadar, sólo ducharse. Pueden jugar al golf, o al ajedrez, pero seguro que no pueden correr un maratón", explicó el médico.
Otro de los inconvenientes de este tipo de tratamiento es el costo. Las bombas cuestan 80.000 euros por unidad, a lo que hay que agregar los gastos de la operación, lo que deja toda la intervención en unos 250.000 euros.
Esta cantidad es, a pesar de todo, bastante más accesible que la que supone implantar un corazón artificial, y además este sistema tiene, según el experto, una vida útil mucho mayor.
Cuando la bomba se utiliza como apoyo del ventrículo izquierdo -es decir, sin extirpar todo el corazón- hay pacientes que viven con ella al menos siete años. Son ya cien los dispositivos que, desde el año 2003, se han implantado en el prestigioso instituto médico de Praga. Pero hasta ahora, ningún paciente había logrado sobrevivir sólo con las dos bombas.

(Fuente: clarin.com/sociedad ) 

 

miércoles, junio 27

FRASE DEL DIA



"¿ Imposible ? Mejor digamos dificil, porque en esta vida todo es dificil, pero nada es imposible".

GRANDES MUJERES EN LA HISTORIA: GUACOLDA Y FRESIA



Fresia y Guacolda , fueron dos mujeres mapuches, que se cree tubieron ucha importancia en la historia de nuestro pais, como parejas de dos grandes guerreros araucanos que lucharon en la conquista de nuestro territorio: Caupolican y Lautaro respectivamente.

La existencia de Guacolda solamente quedo establecida en la obra La Araucana del escritor español Alonso de Ercilla y Zuñiga, es por eso que algunos creen que se trata de un personaje creado por el autor para ejemplificar las virtudes de la mujer mapuche. Sin embargo, tambien hay varios cronistas que estan seguros de que Guacolda si existio y que fue una mujer muy hermosa, de gran valentia, profundamente enamorada de Lautaro y que estubo a su lado hasta sus ultimos momentos.

Guacolda ha sido llamada " herina de arauco "y se dice que tuvo gran influencia en Lautaro y que fue tambien un gran apoyo para este durante la guerra. Muy joven conocio a Lautaro e inmediatamente se enamoro del valor y el talento del cacique. Se fue a vivir con el cuando este tomo la ciudad de Concepción y, desde entonces, lo acompaño con gran lealtad y valentia. Eso, hasta el dia en que ambos murieron en una emboscada que les tendieron los españoles a orillas del rio Mataquito.

Fresia es un caso muy parecido. Muchos piensan que tambien puede haber sido otro personaje de Ercilla y Zuñiga, quien la menciona como pareja de Caupolican. Segun lo escrito en la Araucana, ella habria sido una mujer muy valiente y orgullosa, que no pudo aceptar la captura de su amado por parte de los esàñoles. De hecho el poema se dice que, al ver a Caupolican prisionero y derrotado, Fresia le habria entregado el hijo de ambos, diciendole que no queria ser la madre del hijo de un fracasado.

- DATOS: " Guacolda " en lengua mapuche quiere decir " choclo rojo " y " Lautaro " quiere decir " Halcon Ligero ".

( Fuente: Chile para niños )